Carta desesperada para la Universidad

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. (E. Zuleta. El Elogio de la dificultad)

El epígrafe de Zuleta me da la entrada para ensayar ideas sobre la pobreza y la impotencia de la imaginación de la Universidad para pensar la crisis actual. Estamos enfrentándola intentando establecer la “normalidad académica” por vías virtuales, cuando el problema nos está diciendo que no puede haber normalidad.

¿Por qué decidimos mantener el ritmo de las cosas cuando el mundo nos manda a parar? La economía es la única respuesta sensata. Justificamos que la economía no puede parar porque sería un problema mayor que el de la salud. La anterior frase expresa la insensatez de nuestro razonamiento actual. En este sentido las directivas universitarias no quieren parar porque hay que dar resultados y los docentes no podemos parar porque entonces no nos pagan (obvio, a quienes tenemos contratos precarizados).

“Sí, estúpidos, es la economía”, eslogan de campaña política, muy efectivo, que afirma que la razón fundamental por la que un votante elige es la seguridad económica. Pero si pensamos las condiciones de producción y recepción de la frase, la afirmación completa sería: “estúpido, en el capitalismo la economía es primero”. Esto indica entonces, que es la ideología dominante la que impone esta “verdad revelada”, impidiendo reconocer que hay otros mundos posibles donde lo económico no es el valor superior al que deben relegarse la salud, la educación o la intimidad.

No nos damos cuenta entonces que esta contingencia pone en duda las (falsas) oposiciones que nos han impuesto: salud o economía. Noah Harari, en un texto sobre esta coyuntura que está rodando por las redes (espero que sea de él), también señala la (falsa) contradicción salud-derechos: aceptamos que nos controlen la salud personal, a través de las nuevas tecnologías que pueden monitorear nuestros signos vitales, así estas tecnologías también obtengan la información sobre nuestra vida privada, nuestras preferencias, gustos y opiniones políticas. No nos preocupa que quien concentra esta información nos monitorea y actúa en consecuencia.

Se supone que la universidad debería dar luces a esta crisis pero está tan perdida como todos nosotros. No usa la crisis para pensar y enseñar sino que la niega proponiendo continuar tozudamente con su plan curricular: dar lecturas, discutir textos, pedir trabajos y sacar notas, todo esto, según el microdiseño de la asignatura. La acusación “la universidad se encierra

en su torre de marfil” se revela con toda claridad. Está pensando en sus propios problemas, los que la crisis le impone, y además, los reduce a temas administrativos y curriculares.

Su confusión parte entonces de su mirada sobre el problema, es decir, la posición desde la que ve el mundo: el pensamiento y la acción son cosas aparte. Primero es el pensamiento: formar a los estudiantes de acuerdo al plan de estudios y que luego actúen. ¿Van a actuar sobre qué? Si cuando emerge una situación como la que estamos viviendo el plan de estudios no tiene la capacidad de responder al mundo que les toca enfrentar día a día.

¿Para qué formar profesionales si no pueden atender normas elementales de ciudadanía? ¿Para qué formar profesionales que prefieren las salidas individuales y egoístas a las colectivas y solidarias? ¿Para qué formar profesionales, si ante la angustia de las crisis no tienen la capacidad de evaluar la escala de valores que se impone para definir qué derechos están por encima de otros? ¿Para qué formar profesionales que se dejan contagiar del miedo y el odio de los mensajes inescrupulosos y mal intencionados que propagan la xenofobia, la estigmatización del diferente, del pobre, del que protesta para defender derechos?

La Universidad debe pensar la crisis, no negarla, y para eso debe usar su materia preciada: el pensamiento crítico y experto. Aprovechar para comprender, junto con nuestros estudiantes, lo que nos está pasando y cuáles salidas darían más oportunidad de superar esto juntos, sin dejar a nadie atrás. Todos los pensadores que tenemos en nuestras bibliografías tienen respuestas y preguntas preciosas para esto, usémoslos para pensar el mundo que tenemos, no el mundo compartimentado y cerrado de la asignatura. En este momento el mundo es el aula, la crisis el problema de investigación, y la comunicación, la comprensión y la solidaridad los elementos epistemológicos y metodológicos para producir conclusiones.

Antonio Albarracín Marzo 2020

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